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La línea más visible y la que concentra la mayor parte de la producción académica. Cómo integrar la IA al quehacer profesional: diagnóstico, tratamiento, formación, investigación, gestión. Es la que ordena la capa anterior con los cuatro registros. Aun siendo la más práctica, no está exenta de complejidad teórica: qué se delega, con qué criterio y bajo qué encuadre ético no son preguntas técnicas sino conceptuales.
La más fértil desde el punto de vista teórico. No se trata de usar la IA ni de preguntarse si tiene mente: se trata de tomar los desarrollos conceptuales del campo como material para repensar los propios. Freud pensó el aparato psíquico con la termodinámica y la óptica; Lacan con la topología; Bleichmar con los sistemas alejados del equilibrio. Siguiendo a Aulagnier, llamamos a esa operación metabolización conceptual. Exige formación en ambos campos: no es posible metabolizar lo que no se comprende.
La más transitada en el debate público: si una IA puede tener conciencia, intencionalidad, estados internos con alguna continuidad subjetiva. La pregunta es legítima en filosofía de la mente. El riesgo es que funcione como distracción: mientras el campo discute si la IA tiene mente, deja de pensar qué transformaciones introduce en la nuestra. Tal vez la pregunta más urgente no sea si la IA puede tener mente, sino qué nos obliga a repensar de la nuestra.
Los tres ejes no son compartimentos estancos: se superponen y se condicionan. Y el borde queda abierto. El campo está en construcción.
La psicoterapia sobrevivió al Prozac, también vamos a sobrevivir a la IA. La cuestión es cuáles son las condiciones en las que quedará el campo, con qué herramientas conceptuales, en función de qué principios éticos. Eso es producto de un debate que no darán los que decidan quedarse afuera. Y la decisión de entrar no estará disponible indefinidamente.